Vicente Caballer / (25-09-2002)
Los últimos acontecimientos ocurridos en EE UU, con las
irregularidades contables detectadas en grandes empresas y que tan
graves repercusiones han generado en la cotización de las Bolsas en
el mundo, sugieren algunas reflexiones en diferentes planos lógicos.
En primer lugar, se resalta la situación de desprotección
de los pequeños accionistas frente a los grandes y a las
tecnoestructuras, verdaderos dueños de las empresas, que las
manejan tanto en estrategias como en utilización de la información.
Algún tiempo se creyó que estos pequeños y medianos ahorradores,
que acuden al mercado bursátil individual o institucionalmente,
estaban inmunizados ante posibles fraudes siempre que las empresas
en las que invertían superasen las pruebas de las correspondientes
auditorías. Se asumía que la auditoría era sinónimo de garantía
absoluta, principalmente cuando la certificaba una empresa
independiente de prestigio internacional.
Sin embargo, la situación ha ido demostrando que en
empresas continuamente auditadas la realidad muchas veces se aleja
de los resultados contables, que aparecen con un formato perfecto y
con la maravillosa exactitud de la contabilidad por partida doble.
Se empieza a desacralizar a las auditorías y ha cundido el pánico,
traducido en las distintas convulsiones de las Bolsas de todo el
mundo.
Independientemente de la intencionalidad de algunos engaños,
es posible que haya llegado el momento de plantearse la conveniencia
de mejorar la metodología de las auditorías de empresas, en las
que la mayor parte del esfuerzo, del trabajo del auditor (y
consecuentemente, de las publicaciones y la investigación), se
dirige a los aspectos contables, fácilmente resolubles con el
empleo de la informática, mientras se presta mucha menos atención
a los aspectos valorativos, o de estimación de información sobre
la situación real de la empresa, que cada vez se presenta más bien
en forma estocástica y relativamente opaca que determinista y
trasparente: fondo de comercio, valor de la marca, participaciones
en otras empresas del grupo, cartera de valores, clientes,
existencias, inmovilizado, suelen ser partidas que aparecen como
cifras exactas en los balances, sin valoración previa de la
realidad que debiera implicar magnitud y la dificultad de la
estimación.
En tercer lugar, el escenario puede transformarse próximamente
en idóneo para pensar en algunos bienes refugio no considerados
suficientemente en el mercado de valores en Europa y que vienen
siendo utilizados con cierto éxito en otros países, tanto por sí
mismos como para mejorar la performance (combinación
rentabilidad-riesgo) de las carteras de valores, disminuyendo el
riesgo. Nos referimos a la tierra de uso agrícola constituyendo un
fondo de inversión inmobiliaria agraria (FIA), farmland real estate
(FRE) en los medios anglosajones.
En EE UU y Japón una parte de los recursos financieros
que se mueven en el mercado de valores se dirige a la adquisición
de tierra de uso agrícola para su posterior arrendamiento como una
forma más de diversificación de las componentes de una cartera de
valores, tanto por las características de la propia inversión,
relación rentabilidad riesgo, como por su comportamiento ante los
cambios de coyuntura, principalmente por la reacción ante procesos
inflacionistas.
Para el caso concreto de EE UU, en el periodo que va de
1971 a 2000, con una inflación del orden del 5%, la rentabilidad
media de la tierra fue del orden del 10%, frente al 13%-14% de la
inversión en acciones y el 6,7% en letras del Tesoro. Ahora bien,
el riesgo, medido como dispersión, fue del 20% para las acciones,
del 9% para la inversión en tierra de uso agrícola, y del 2,7%
para las letras del Tesoro.
En el caso concreto de la tierra de uso agrícola, el
rendimiento es la suma de la plusvalía por aumento del precio de la
tierra y la renta de la tierra. En Europa estos datos serían algo
diferentes, ya que mientras la plusvalía podría ser del mismo
orden (alrededor del 6% los últimos 17 años en España, teniendo
en cuenta las variaciones por comunidades autónomas o provincias),
la rentabilidad de la agricultura europea y española,
concretamente, es menor, del orden del 2,5% los últimos años, para
algunas comunidades autónomas españolas y toda Italia en el año
2000.
No obstante se estaría hablando de un rendimiento medio
del orden del 8,5%, comparable, cuando no superior, a la
rentabilidad de los fondos inmobiliarios (urbanos) existentes en el
mercado español cuya rentabilidad los últimos 7 años se ha
situado entre 5,12% (BBVA, Eurofondo Propiedad) y el 8,05% (Segurfondo
Inversión).
Sin embargo, donde mayor interés tienen los FRE es en
el contexto de la diversificación y el comportamiento ante la
inflación. Así, según estudios (Zimbrowski y Curcio), para 1973 a
1987, la incorporación de FRE en un 3,8% de la cartera óptima
(constituida inicialmente sin inmuebles), junto a otros inmuebles
(residenciales y comerciales en mayor proporción), mejoraba la
eficiencia reduciendo el riesgo desde el 13,9% al 3,6% en el caso de
EE UU, mientras que para Japón en el mismo periodo, la incorporación
de FRE en un 32,7% de la cartera óptima disminuía el riesgo desde
el 8,2% al 2,3% (se incorporaban a la nueva cartera los inmuebles
residencias en un 32,6%, pero no los comerciales).
Por el contrario, en el Reino Unido, los inmuebles en
general no mejoraban la eficiencia de la cartera. Por otra parte, el
mismo trabajo demuestra que la rentabilidad de los FRE está
correlacionada con la inflación positivamente, al contrario del
resto de inversiones financieras cuya correlación es negativa o
nula.
A estas alturas alguien puede preguntarse, ¿cómo
es posible que con la continua crisis de la agricultura europea y
americana pueda resultar interesante invertir en tierra de uso agrícola?
Existen por lo menos tres respuestas:
La tierra de uso agrícola como bien escaso. Cada año se pierden en el mundo más de 8 millones de hectáreas de
tierra de uso agrícola para construir viviendas, obras públicas,
industrias, etcétera, cifra que probablemente aumentará por el
crecimiento de la población y de las necesidades per cápita.
La tierra es el único activo productivo de duración
ilimitada. Por eso nunca se amortiza, se revaloriza con la inflación
y se constituye como la inversión refugio por excelencia.
La tierra de uso agrícola puede generar beneficios. La
aplicación de las nuevas tecnologías, como informática, telemática
y el riego localizado a las grandes explotaciones mediante sistemas
expertos puede generar beneficios en la explotación al margen de
que las pequeñas explotaciones generen pérdidas. Posiblemente esta
dicotomía entre pequeño agricultor y gran explotación agraria
conduzca al mercado de la tierra a un proceso de concentración en
la explotación y una paulatina separación entre el propietario de
la tierra y el cultivador o empresario agrícola.