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El
profesor de la Universidad de Harvard Juan Enríquez Cabot comenzó
con una introducción histórico-económica, relatando cómo se
suceden los ciclos de riqueza y de pobreza. Acudió a un ejemplo
cercano: Cómo un gran pueblo como fue el musulmán-andaluz, líder
mundial en ciencia y comercio cayó en un ciclo de fundamentalismo
que limitó la ciencia e investigación y le llevó a la debacle
económica y política.
Pero,
explicó, éste no es un fenómeno aislado. Es algo que ocurre en
pueblo tras pueblo, civilización tras civilización. El motivo es
que las reglas básicas del juego cambian una y otra vez. Alguna vez
utilizábamos los números romanos. Pero hoy en día es mucho más fácil
multiplicar 23 x 48 en números arábigos, y aún más sencillo
utilizar el código binario de una calculadora.
“Dos
elementos cambian la riqueza de los pueblos: mapas y códigos.” Juan
Enríquez Cabot se lamentó de que el 2001 pase a la historia
como el año del atentado a las torres gemelas, en vez de ser el año
en el que se descubrió el mapa más importante de la humanidad, el
mapa genético.
Lo
importante es entender cuándo se está dando un cambio para
actuar en consecuencia. Si bien nuestros padres nos educaron
inculcándonos las reglas de la Real Academia Española, hoy
estos conocimientos por sí solos no bastan. Hay que saber
utilizar un ordenador. Es decir, hay que ser alfabeto en un código
binario, porque así se transmite la literatura, la fotografía,
la música,... todos los conocimientos, hoy en día. “El 93%
de los datos que se transmiten en el mundo hoy se transmiten en
el idioma digital, un idioma que casi no conocían nuestros
padres, enfatizó”.
En
la medida que cambia el idioma dominante -del rupestre, al
simbolismo chino, a nuestro alfabeto de 29 letras, al código
binario,...- se generan nuevas oportunidades y retos.
Civilizaciones, países, regiones, compañías crecen y
desaparecen. Lo más importante es reconocer que lo que nosotros
aprendimos y le transmitimos a nuestros hijos también va a
cambiar. El idioma binario no basta.
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Toda
la vida está codificada en cuatro letras; ATCG (adenina,
timina, citosina y guanina), un código diferente al digital:
El código para leer la vida.
Después
del programa del genoma humano, vamos a ver otro cambio en el
idioma dominante del planeta. Van a surgir grandes
civilizaciones y países que derivan su crecimiento y éxito
de una mejor manera de llevar acabo la medicina, agricultura,
producción de materiales y energéticos.
Este
idioma dominante es el de la vida. Se basa en entender cómo
leer y cómo modificar el ADN que lleva dentro todo animal,
toda planta, todo ser humano. Esto va a darnos la habilidad
para curar una serie de enfermedades, producir más con menos
impacto ambiental, y generar muchas oportunidades para
nuestros hijos.
Pero
esto sólo se dará donde los sistemas educativos y de
investigación logren educar en una nueva forma de producción,
en un nuevo alfabeto. Quiénes no estén conscientes de este
cambio van a competir con una mano atada. Por eso es tan
importante que, al igual que enseñamos las matemáticas, la
literatura e historia, también les demos a futuras
generaciones la oportunidad de entender los cambios que genera
la biología.
El
profesor Enríquez ha apostado por un equilibrio necesario
entre tres pilares básicos: el sector público
–administraciones-, la investigación –universidades- y el
sector privado –empresas-. Pero se debe apostar por el
conocimiento. Estamos al inicio de la era biotecnológica, y
sus implicaciones serán múltiples. Existen riesgos
dependiendo de su uso, pero precisamente por ello debemos
plantear todas las preguntas posibles.
“La verdadera creación
de riqueza reside en la transmisión del conocimiento,
gracias a la comprensión del código. Cuánto mejores
seamos en transmitir códigos, más ricos y competitivos
seremos.” De hecho, el profesor lo explicitó con números:
la proporción entre ricos y pobres ha pasado de 5 : 1 en un
mundo agrícola a 427 : 1 en la Sociedad del Conocimiento.
Si la economía se basa en la productividad de conocimientos, es evidente
quién va a ser rico y quién va a ser pobre.
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