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Más bosques
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VEINTICINCO
organizaciones científicas de quince países europeos han reunido
en la red Evoltree sus datos sobre la evolución del monte.
A lo largo de este siglo se observa que, en el hemisferio norte, el
bosque se incrementa a un ritmo anual del 1%, mientras que disminuye
en un 1% anual en el hemisferio sur. Es decir, aumenta la superficie
del monte boreal y mediterráneo, y disminuye la de las selvas
tropicales y los bosques australes. En España, este retorno
arbolado se debe en sus dos terceras partes a la recolonización
natural de tierras antaño ganaderas y agrícolas, y el resto es
obra de las repoblaciones. La subida de las temperaturas y el
aumento del anhídrido carbónico en la atmósfera ayudan a este
proceso. En Santas Martas nuestra población arbolada se mantiene a
la baja.
Las hojas brotan antes y se caen más tarde, del orden de entre doce
y veintiún días más de crecimiento ganados en veinte años. Los
árboles crecen más deprisa y se calcula que, en los hayedos, las
copas crecen por año unos cuarenta y cinco centímetros, en lugar
de los treinta que lo hacían antes. Se piensa que los robles de León,
en un siglo, medirán diez metros más de porte. En Santas Martas no
hay problema porque no tenemos robles ni hayas ni chopos ni otros
árboles y al parecer así será indefinidamente.
El dato de producción de madera también parece optimista, con un
crecimiento del 40% para el año 2.100, cuando se doble la tasa de
gas carbónico. En Santas Martas nuestra producción maderera es
cero y por tanto insuficiente para nuestro consumo teniendo que
comprar la madera que se produce en otros pueblos.
Estos pronósticos de edad de oro forestal anuncian también algunos
problemas. Más enfermedades de los árboles y muchos incendios
forestales, al aumentar la temperatura, y una madera de menor
calidad por hacerse más deprisa: en Santas Martas aunque los
árboles enfermen tampoco hay problema porque el número de árboles
que enfermarían serían muy pocos. Y se piensa en cambios de
distribución, para empezar el ascenso arbolado hacia el piso alpino
de las montañas, efecto ya perceptible en el famoso pinar de Puebla
de Lillo, donde los pinos albares han colonizado 160 metros de cota
en los pastos subalpinos. Nosotros, los santasmarteros seguimos sin
encontrar la manera de comenzar a tener nuestra propia
población arbolada.
La baza del árbol frente al cambio climático es su capacidad de
adaptación a condiciones nuevas, producto de la diversidad genética.
Dos árboles de una especie, escogidos al azar en un rodal,
presentan cuatro veces más diferencias genéticas que dos personas
elegidas en una multitud. |

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